PARTE V
Monté de nuevo en el coche, furioso conmigo mismo por haber perdido el tiempo en la comisaría. Pero de todas formas, el viaje no había sido del todo infructuoso; al fin y al cabo, tenía la dirección de Prime. Pero algo no me olía bien. Aquello no era normal: un día de semana y que el kantiano Teniente Prime no estuviese en su silla tocando los cojones con lo de que teníamos que salir a “limpiar la ciudad”.
Mal.
No me gustaba un pelo; pintaba como el argumento de una novela insulsa, de las que sabes que va a pasar algo chungo seguro. Pero el caso es que no sabía lo que me iba a encontrar, pues eso es algo que tienes que averiguar al ritmo que vas leyendo la novela, o, en mi caso, al ritmo que me acercaba a la casa del Teniente.
Arranqué y giré en mitad de la carretera, para poner rumbo a la Avenida de Woldhow, que quedaba prácticamente en la otra punta de la ciudad. Era un barrio tranquilo, pero dentro siempre de la relatividad, ya que en esta ciudad no creo que exista un barrio en el que no haya algún tipo de problema serio en toda la semana; pero bueno, dentro de la mierda, era de la que menos olía. Mientras atravesaba la ciudad por la vieja circunvalación, las dudas sobre lo que podría haber pasado para que Prime no hubiese podido venir se multiplicaban, pero por una vez en mi vida, decidí ser optimista, y pensar que simplemente no le apeteció salir de casa esa mañana, o cualquier chorrada por el estilo, aunque bueno, no dejaba de resultar irónico el momento que dejé de ser negativo. Cuando aparqué enfrente de la casa de Prime, no pude evitar un gruñido de desprecio: El muy cabrón no vivía, que digamos mal: su casa formaba parte de un dúplex, ambas de dos pisos, y en buen estado, parecía recién construida. En el espacio para el aparcamiento, había dos coches, el coche de prime, y una furgoneta familiar, que supuse que sería de la mujer, por que a decir verdad, no tenía idea de cómo era su vida. La apariencia de todo, es que allí parecía que vivía una puñetera familia feliz, acomodada, y no que viviera uno de los “humildes” luchadores contra el crimen en esta ciudad, el que pregonaba a viva voz por la comisaría que había que ser “Humildes e incorruptibles para lograr la victoria”. Sé que me estaba haciendo un prejuicio, pero en ese momento, se confirmó la impresión que tenía de el: era un gilipollas integral.
Aparqué y salí del coche. Observé la casa por un momento desde fuera: todas las ventanas estaban con las cortinas corridas, y sin luz alguna, como si allí no hubiese nadie.
Me acerqué al porche en la entrada de la casa, pues seguía lloviendo con fuerza. Por esto último, al principio se me escapó el detalle, pero cuando me puse a cubierto, descubrí que la puerta de la casa estaba entreabierta. Un escalofrío, que no tenía nada que ver con la ropa y el pelo empapado me recorrió el cuerpo. Definitivamente, la había cagado al ponerme en plan optimista. La Voz también mostró su preocupación.
-Creo que sería conveniente que le quitases el seguro a la pistola.
Obedecí. Saqué la pistola de la sobaquera, y fui abriendo poco a poco la puerta. El recibidor estaba oscuro, no había luz más que la que tenue que entraba por un lateral a la derecha, pero pude llegar a distinguir que estaba lleno de fotos en las paredes: un hombre con una mujer y dos niñas pequeñas. Ahí teníamos a la familia feliz al completo. Avancé con cautela por el recibidor, hasta la entrada de donde provenía la luz. Cuando giré a la derecha, al principio no supe identificar lo que en la habitación había, ya que al estar medio en penumbra podría haber sido cualquier cosa. Pero lo que allí había no era “cualquier cosa”.
-¿Pero que coño…?- susurré, a medida que me iba dando cuenta de lo que allí había.
La sala de estar de la casa de los Prime se había convertido en una carnicería. La mujer que había visto en las fotos, tenía la cabeza destrozada delante de un piano; se la habían volado, literalmente, y sus sesos se esparcían por el teclado. En el suelo estaban las dos niñas pequeñas, tumbadas en un charco de sangre, maniatadas, y degolladas. Aquello era una masacre.
Me mareé, pero no dejé de agarrar la pistola con fuerza, salvo cuando me eché a un lado para vomitar al asimilar la escena. Puede que me fuese a convertir en un asesino; de hecho, ya lo era, pero aquello no implicaba que dejase de ser humano. Cuando me recobré, aparté la vista a un lado, y descubrí que el punto de luz que divisara desde el recibidor provenía de la cocina, que se hallaba atravesando la sala. Aparté la vista de los tres cadáveres, y seguí avanzando, despacio, hacia la cocina. Sentía que los pies se me pegaban a la moqueta por culpa de la maldita sangre. Cuando atravesé el marco de la puerta un sonido hizo que me quedas

"clic"
-¿Quién coño eres? ¡¿QUIÉN COÑO ERES?!
El cañón de una beretta me estaba apuntando a la sien, me esperaban al otro lado de la puerta de la cocina. Giré lentamente la cabeza, y descubrí quién empuñaba la pistola. Prime. Pero no el Prime recto, aseado, al que parecía que le hubiesen metido una escoba por el culo, sino que estaba vestido con el pantalón del uniforme, pero con una camiseta blanca, que ya lo era tanto, puesto que estaba teñida de sangre, y me imaginaba de dónde procedía. Tenía el pelo enmarañado os ojos desorbitados, y una expresión de locura en el rostro. Otra ironía más; al parecer no fui el único que se levantó con mal pie aquella mañana.
-¡DIME QUIÉN ERES!- gritó.
Algo no encajaba. No sabía quién era, y me veía todos los días. Pero la respuesta no tardó en salir. Prime hizo un movimiento violento y me estampó contra la pared. Dios, parecía que me fuese a arrancar los brazos. A duras penas conseguí continuar agarrando la pistola. Cuando choqué contra la pared, le pude ver el brazo derecho. Tenía una goma alrededor, y un pinchazo muy feo en el lugar donde un yonqui se suele pinchar.
-Como no me digas quien eres, te vuelo los sesos, hijo de puta.-amenazó, encañonándome la frente.
-He venido a ayudarle, Prime. Usted me conoce.
La mirada de Prime hizo que se me helara la sangre. Una mezcla de furia, locura y desesperación.
¿Desesperación?
Algo seguía sin encajar. El pinchazo del brazo de prime. Era demasiado feo. Al menos para alguien que lo hubiese hecho a propósito.
-¡NO TE CONOZCO!
Aquel tío estaba hasta las cejas de mierda, podría matarme y ni siquiera se arrepentiría. Girando como pude la muñeca conseguí llegar al gatillo, y disparé a la pierna de Prime, que retrocedió aullando de dolor. Con otro movimiento, le dí una patada a la pistola, que salió rodando hacia la sala de estar. Sin dejar de apuntarlo con la pistola, observé como se retorcía de dolor por el disparo, intercalando gritos de dolor con otras cosas apenas inteligibles, hasta que soltó la bomba nuclear.
-Ivanov… Ivanov hijo de puta… mi familia… ¡NO!
Ivanov. Ahora empezaba a encajar todo. Ivanov y sus matones le habían hecho una visita. Al parecer no le gustaba que Prime, se anduviera metiendo en sus asuntos, y decidió tirar por la vía rápida. Por la vía rápida y cruel; al parecer Prime estaba recuperando la conciencia como si fuese un flashback, pero debido al shock ocasionado por el disparo en la pierna. Me agaché y lo levanté para sentarlo pegado a la pared.
-Teniente, ¿me escucha? Soy el subinspector.
-Subinspector… ¿Subinspector?- preguntó, con la mirada desenfocada, como si no supiera donde estaba.
-Sí, el subinspector. ¿Qué ha pasado aquí?
La cara de Prime, que antes se contorsionaba en muecas de ira, revelaba que estaba como haciendo un esfuerzo terrible por recordar lo que pasaba, y hablaba como si cada palabra le costara un mundo pronunciarla.
-Yo….Ivanov… negocios, teníamos…sí… dinero, mucho dinero… tuvimos problemas…
Vaya. Parecía que me había equivocado en mi predicción. Todo esto no venía por meterse en sus asuntos, era un jodido ajuste de cuentas.
Aparte de gilipollas era otro vendido más.
-Vino aquí…quiere destruir…cuerpo de policía…ellos… ellos vinieron y… ¡ELLOS ME AGARRARON! ¡ME AGARRARON…ME PINCHARON!... Y luego…luego… mi familia… ¡YO!... ¡¡YO!!
No le recomiendo a nadie la mezcla de miedo, asco y rabia que sentía al ver al Teniente confesando que fue él el que mató a su familia. Ahí si acerté: lo habían drogado, para que actuase contra su voluntad. Y está claro que su voluntad no era degollar a sus dos hijas y volarle la cabeza a su esposa. El pobre hombre se echó a llorar en silencio. La sangre de su familia se mezclaba con sus lágrimas al bajar por su cara. Empezaba a ser consciente de lo que había hecho, pero yo no podía perder más tiempo con él. Me incorporé lentamente y entré en la sala de estar en penumbras, donde había salido despedida la beretta de Prime. La recogí del suelo y fui a devolvérsela a su dueño. Cuando se la deposité en la mano, el Teniente me miró como suplicante, como diciendo que no lo hiciera, que no le enseñase el camino. Aparté la mirada y me dí la vuelta, atravesando la sala de estar, de nuevo sintiendo la asquerosa sensación de que se te quedan los pies pegados al suelo.
El sonido del disparo quedó ahogado cuando cerré la puerta de la casa.
Y yo empezaba a no saber dónde me había metido.
En breves, la versión Sonora.
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